CASA EN LLAMAS: SOFÍA OBAMA
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¿Qué convierte a un grupo de personas en una comunidad? ¿Puede existir resistencia cultural dentro de una industria cada vez más dependiente de algoritmos, marcas y dinámicas de mercado? ¿Y qué sucede cuando palabras como inclusión, libertad o comunidad se convierten en parte del lenguaje promocional de la cultura contemporánea?
Estas son algunas de las preguntas que atraviesan la mirada de Sofía Obama. Socióloga, DJ y colaboradora de Plasma Radio, su trabajo y sus reflexiones parten de una convicción sencilla: la música no solo se escucha, también organiza relaciones, crea imaginarios y moldea formas de convivencia. Conversamos con ella sobre escenas musicales, contradicciones políticas, activismo cultural y los límites entre discurso y práctica en un momento en el que la cultura parece debatirse constantemente entre la construcción colectiva y la lógica de la marca.
¿Qué diferencia existe entre una comunidad real y una comunidad convertida en identidad de marketing?
Depende de lo que se entienda por comunidad. Aquellos espacios en los que consumir una experiencia es lo central, la comunidad es marketing. Si por el contrario, la creación artística, el cuerpo, las interacciones sociales, las celebraciones, los cuidados… son lo central, estariamos ante una comunidad real. La música disfrutada de manera conjunta despierta un sentido de colectividad y vínculo de manera transitoria.
Partiendo de la teoría de Osorio-Pérez (2023), la comunidad es fluida, siendo un proceso subjetivo y dependiente de relaciones empíricas (observables), pero también abstractas (estructuras subyacentes). La comunidad no es algo palpable como tal, es un concepto que nos ayuda a identificar relaciones sociales que observamos, desde redes de cuidado a conflictos internos. Las personas no son la comunidad, lo son las relaciones que surgen entre ellas.
Creo que cuanto más “marketing” sea la comunidad, menos relaciones y articulación se producirá y, por tanto, menos comunidad. De todas formas, el concepto de comunidad es amplio y cuenta con diferentes enfoques, además de que tampoco estoy en la posición de saber cómo crearía yo comunidad en el contexto musical actual. Creo que es muy complicado conseguir perdurar en el tiempo teniendo realmente un enfoque centrado en la comunidad y por eso puede ser que incomode tanto cuando se instrumentaliza el término.

¿Puede el underground seguir siendo un espacio de resistencia cuando depende de plataformas, algoritmos y dinámicas de mercado para sobrevivir?
Hace un tiempo, hicimos en Plasma un texto con Nukki (@nukkianouk) sobre fiesta y productividad y un poco la reflexión fue que existe, hasta cierto punto, la posibilidad de desarrollar proyectos en los que el discurso y la ejecución vayan de la mano, convirtiéndose en espacios en los que se consigue que el objetivo principal no sea el consumo. Sin embargo, también hablábamos de que a veces es inevitable no hacer concesiones ya que ir en contra de las dinámicas mercantiles es una elección arriesgada si no se cuenta con una fuerte red de apoyo, compromiso, posibles membresías, bases claras a nivel discursivo, etc. se vuelve muy cuesta arriba ser del todo coherente con lo que unx piensa.
Decir que a mi me parece complejo pensar en alternativas, lo fácil es analizar lo que hay y quedarse ahí, salir del bucle del capital o incluso intentar desterrar de nuestro imaginario esas aspiraciones me parece muy complejo. Por suerte sí que creo que existen espacios que son un ejemplo de resistencia, de denuncia y de crítica de lo que es hoy en día gran parte de la industria musical y el ocio nocturno.
¿Por qué muchas escenas que valoran la diversidad y la crítica parecen tolerar mal la crítica interna?
La realidad de las personas es interseccional y es muy complicado que, en un espacio diverso, las vivencias y exposición social no cambie dependiendo de quien seas y/o cómo se te perciba. Es más probable que la crítica exista en este tipo de espacios que en aquellos donde la identidad es menos diversa, donde las experiencias vitales y sociales varían poco. Con esto no quiero decir que en la diversidad no pueda haber un denominador común, de hecho es todo lo contrario: las escenas diversas muchas veces acogen a quienes no sienten que terminan de encajar, creándose un vínculo social a partir de lo diferente. Y, si se valora la diversidad, las experiencias también serán diversas y con ellas las perspectivas desde las que se opina y critica.
A nivel individual, puede que sea miedo a equivocarnos, a que se nos malinterprete, a ser juzgados, a no pertenecer más. Es algo a lo que inevitablemente estamos expuestxs y lidiar con eso no siempre es fácil. A nivel de escena, como sucede en muchos espacios, puede darse una tendencia al control social y estado de hipervigilancia, se valore o no la diversidad; cuando, en realidad, las transgresiones, las tensiones - inherentes a las relaciones humanas - y la crítica son importantes para asegurarnos de que esa diversidad no desaparece.
¿Hasta qué punto el discurso político de artistas y agentes culturales convive con prácticas que reproducen las mismas estructuras que cuestionan?
Yo creo que toda persona que cuestione cualquier aspecto del sistema a mayor o menor escala y dentro de cualquier ámbito, se va a ver envuelto en una contradicción entre lo que defiende y su capacidad para cambiar aquello en lo que no se está de acuerdo. En el caso de la música, como he mencionado antes sobre la reflexión con Nukki: veo muy complicado tener cierta estabilidad dentro de la industrial musical o cultural (si es que existe algo como tal) sin hacer ningún tipo de concesión o sin perpetuar mínimamente prácticas con las que no se está de acuerdo. Yo creo que llegados a cierto nivel de éxito sí que pueden tener un discurso político un poco articulado sin miedo a perder, al menos, su estatus y parte de su capacidad económica. Pero para llegar hasta ese capital económico y social probablemente hayan tenido que ceder a las exigencias del mercado en algún momento de su carrera. También creo que puede existir cierta instrumentalización de algunos discursos que, una vez ya no son tan transgresores, puede convertirse en una forma de obtener legitimación por parte de la opinión pública.

¿Existe hoy una tendencia a convertir conceptos como comunidad, inclusión, libertad o resistencia en capital simbólico?
Justo, al final una frase suena mejor cuando va acompañada de este tipo de conceptos y se les ha terminado por vaciar de contenido o, incluso, terminan por chirriar cuando las pronuncian constantemente desde ciertos sectores ideológicos. Con la comunidad pasa bastante, al final queda muy bien afirmar que “perteneces” y convertirlo en parte de una marca. Me viene a la mente la instrumentalización de la palabra libertad por parte del gobierno de Ayuso, libertad para quién y a qué precio… Aún así ha funcionado estupendamente.
Con la palabra “resistencia” me empieza a suceder también. ¿Cuánto de resistencia hay en, por ejemplo, compartir un post o conversar sobre un tema importante? Obviamente es lo mínimo y mientras podamos hay que seguir haciéndolo, pero la resistencia se articula y es colectiva. Relacionado también con la pregunta anterior, Franka (@frankiepiza) habla en uno de sus últimos teasers sobre el “slacktivism”, de cómo ese posicionamiento, sobre todo en redes, se desinfla con el tiempo por nacer desde una culpabilidad momentánea, sin llevar a cabo ningún tipo de acción fuera de la virtualidad. Con la inclusión un poco igual, termina siendo “el comodín del público”, pero ésta quizá es más fácil de identificar cuando se usa como decorado, no lo sé.
¿Qué papel juega la figura del artista político en todo esto?
Para Barthes el Autor debería ser anónimo, pues la obra creada, una vez publicada, pertenece all receptor, al lector en el caso de la literatura. Eso le otorga agencia al que observa, pero creo que no hay que entenderlo como una liberación para el artista: el arte es contextual, tiene una fuerte relevancia social y, por mucho que lxs artistas quieran desmarcarse de ello, en mi opinión sí que tienen la responsabilidad, al menos, de actuar en consecuencia a aquello que dicen defender.
Vi hace poco un video de Metrika hablando sobre ser feminista y no tener por qué ser activista. Desmarcarse completamente de cualquier tipo de posicionamiento con el pretexto de “soy artista y ya” para mi no tiene sentido. Te identifiques o no con el activismo, el arte tiene valor social y, por tanto, carga política; muchas veces este tipo de discursos esconden un intento de abarcar al máximo a nivel público objetivo más que en el hecho de no querer politizar su arte.
Sin embargo, estoy un poco de acuerdo en que poner todas nuestras esperanzas reivindicativas en las opiniones de artistas que, no solo es probable que su contexto sea extratosféricamente diferente al de la mayoría de nosotrxs, sino que muchas veces no tienen - ni quieren tener - una opinión formada o clara de ciertos temas, me parece un error; algo en lo que participamos los que escuchamos y depositamos ese foco en ellxs. Hay quienes evidentemente sí son conscientes de ese poder que tienen, lo emplean exponiendo un discurso bastante articulado y/o lo desarrollan artísticamente dentro y fuera de su obra, pero de nuevo, creo que no deberíamos depositar toda la carga reivindicativa en figuras concretas y sí en, por ejemplo, colectivos que no solo compartan opiniones sino que tengan posicionamientos fundamentados y propuestas claras a nivel reivindicativo.

¿Estamos confundiendo trabajadores culturales con agentes de transformación social?
Creo que también es depositar mucho peso en ellos…Un agente de transformación social más interesante para mí es un movimiento, un colectivo, una asociación, un grupo de gente con intereses comunes… Yo creo que la clave está en cuál es el motor de esxs trabajadorxs culturales, si su pretensión está enfocada en la transformación social de verdad sí que me parece que pueden tener un impacto positivo; pero en el caso de quedarse en el discurso igual pueden ser también perjudiciales.
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