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CASA EN LLAMAS: LA ZONA FRÍA

  • hace 17 horas
  • 4 Min. de lectura

Emitir se ha vuelto más importante que pensar


Últimamente tengo una sensación difícil de explicar, pero bastante clara al mismo tiempo.

Creo que todos nos hemos convertido un poco en emisoras de quinta categoría.

No lo digo como insulto.Más bien como diagnóstico cultural.

Antes había emisoras de verdad.Ahora hay gente con un micro y una cámara en casa preparada para hablar de cualquier cosa.

Política internacional.El último drama de la escena.El techno ha muerto otra vez.El techno ha resucitado otra vez.

Todo el mundo listo para emitir.

Otra cosa distinta es tener algo que decir.

Pero eso parece secundario.

Lo curioso es que esta lógica no solo afecta a individuos.

También los medios grandes están intentando ser low profile.

Antes las televisiones invertían fortunas en ficción: seriales carísimos, producciones gigantes.

Ahora muchas veces eso ya no sale a cuenta.

Sale más barato llenar horas con tertulias infinitas de gente opinando sobre nada en particular.

Horas de conversación circular.

Nadismo extremo.

Ruido.

El mismo esquema se replica a pequeña escala en internet:micros, cámaras, emisión constante.

Todo el mundo opinando.Todo el mundo generando flujo.

Emitir se ha vuelto más importante que pensar.



Y dentro de ese flujo aparece otra obligación curiosa:

la obligación de dar la turra moral.

Todo el mundo tiene que posicionarse sobre todo.

Da igual el contexto.

Una gala de cine.Un festival.Una entrega de premios.

Siempre hay un momento en el que alguien se acerca al micrófono para explicar su postura sobre la actualidad mundial.

No necesariamente porque tenga algo interesante que decir.

Sino porque parece que hay que decirlo.

Como un ritual.

En los Goya, por ejemplo, siempre hay varios discursos así.Declaraciones solemnes, muy conscientes, muy responsables.

Pero muchas veces suenan como un meeting político bastante aburrido, colocado en medio de una fiesta.

Algo parecido pasa en redes.

Medios, artistas, influencers… todos recordándonos que están concienciados, que están del lado correcto, que están con el pueblo.

Un gesto que muchas veces parece más de posicionamiento simbólico que de convicción real.

Mientras tanto, la conversación se llena de opiniones muy seguras sobre temas complejísimos.

A veces pronunciadas por gente que hace cinco minutos estaba hablando de zapas, techno o cine de terror italiano.

Pero da igual.

Hay que emitir.

En paralelo, noto algo curioso en la cultura española.

Una especie de baja autoestima cultural difusa.

Mucha gente que trabaja en cultura vive bastante pendiente del mercado.

De las tendencias.Del algoritmo.De lo que toca decir esta semana.

Si ahora la conversación general es criticar la escena, todo el mundo critica la escena.Si ahora toca denunciar algo, todo el mundo publica hilos muy elaborados denunciándolo.

Es como si el ecosistema funcionara por frecuencias colectivas.

Y todos sintonizáramos la misma.



Esto también produce un fenómeno bastante visible: la repetición de formatos.

Pasa en cultura y pasa también en los restaurantes modernos.

Entras en uno y ves lo de siempre:

ladrillo cara vistaluces cálidasuna tabla de madera

y por supuesto la famosa “ensaladilla del local”.

Siempre hay una.

La ensaladilla del local.

Como si fuera un lujo gastronómico auténtico que llevara décadas perfeccionándose.

Pero luego la pruebas y es prácticamente la misma que en los otros treinta sitios.

En cultura pasa algo parecido.

Mucho discurso de autenticidad, pero muchas veces lo que vemos es formato replicado.



Dentro de estos pequeños ecosistemas culturales se habla mucho de comunidad.

Pero a veces, si lo miras con calma, no son exactamente comunidades.

Son más bien mercados pequeños.

O redes de contactos con estética underground.

Y dentro de esos ecosistemas aparecen reglas no escritas:

no incomodar demasiadono señalar demasiadono tensar demasiado

Porque hay que seguir dentro.

Dentro de la escena.Dentro del circuito.Dentro de la conversación.

Crear algo propio, raro o desalineado con ese flujo llama bastante la atención.

Casi parece un acto de disidencia.

No hablo de proyectos para monetizar ni optimizar.

Hablo de algo más sencillo.

Un lugar donde uno pueda volver a ser irregular.

Hacer cosas según nazcan.

Sin tener que hacer siempre la ensaladilla del local.

Hace un tiempo critiqué abiertamente a una comunidad cultural concreta.

El resultado fue bastante previsible:cierto veto, cierto silencio.

Con el tiempo he pensado que quizá fue una suerte.

A veces quedarse un poco fuera del circuito te obliga a hacer algo bastante simple:

volver a escuchar tu propia voz.



Hoy todo parece extremadamente racionalizado.

La cultura funciona muchas veces como producción de contenido.

Contenido listo para circular.Contenido listo para consumir.

Es casi como si todo terminara directamente en el supermercado.

Antes también había mercado, claro.

Pero muchas veces el objetivo no era solo venderte algo.

Era contarte algo.

Cuando todo se convierte en contenido ocurre algo curioso:cada vez menos cosas dejan huella emocional.

Las consumimos.

Pasan por delante.

Y desaparecen.

Tal vez por eso, en un momento como este, la intimidad empieza a tener mucho valor.

Pequeños espacios donde uno puede pensar sin optimizar cada gesto.

Sin convertir cada idea en contenido.

Sin estar constantemente emitiendo.

Algo parecido a meterse en el bosque oscuro.

No para desaparecer, sino para conservar cierta libertad creativa.

Evitar del todo la lógica del sistema es difícil.

Te mete en problemas.Te coloca en posiciones incómodas.

Pero también tiene una recompensa inesperada.

Te devuelve algo bastante simple:

la alegría de hacer las cosas porque sí.

Quizá hoy la verdadera rareza no sea tener un altavoz.

Altavoces tenemos todos.

La rareza empieza a ser otra cosa mucho más simple:

tener algo propio que decir…y no estar obligado a decirlo todo el tiempo.



Quizá por eso cada vez me interesa menos la zona caliente.

Ese lugar donde todo el mundo tiene que reaccionar a todo.

Donde circula el pensamiento dominante.

Donde todo el mundo lleva la misma chapita.

Donde siempre hay alguien esperando aplaudir desde la grada.

La zona caliente parece intensa.

Pero muchas veces es solo temperatura.

Últimamente prefiero otro lugar.

La zona fría.

Un sitio más silencioso.

Donde no hace falta emitir todo el tiempo.

Donde uno puede pensar despacio.

Decir algo solo cuando realmente tiene algo que decir.

Sin palmeros detrás.

Sin consignas.

Sin la ensaladilla del local.

Solo una cosa bastante simple.

Una voz propia.

Aunque sea más baja.Aunque llegue a menos gente.Aunque a veces quede fuera del circuito.

A cambio tiene algo que empieza a ser bastante raro:

no depende de la temperatura del momento.


 
 
 

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